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1.
INTRODUCCIÓN
LA FAMILIA A LA LUZ DE
LA PALABRA
La Biblia
está poblada de familias, de generaciones, de historias de amor y de crisis
familiares, desde la primera página, donde entra en escena la familia de Adán
y Eva con su peso de violencia pero también con la fuerza de la vida que
continúa (cf. Gn 4), hasta la última página donde aparecen
las bodas de la Esposa y del Cordero (cf. Ap 21,2.9). Las
dos casas que Jesús describe, construidas sobre roca o sobre arena (cf. Mt 7,24-27),
son expresión simbólica de tantas situaciones familiares, creadas por las
libertades de sus miembros, porque, como escribía el poeta, «toda casa es un
candelabro»[5]. Entremos ahora en una de esas
casas, guiados por el Salmista, a través de un canto que todavía hoy se
proclama tanto en la liturgia nupcial judía como en la cristiana:
«¡Dichoso el que teme al Señor,
y sigue sus caminos!
Del trabajo de tus manos comerás,
serás dichoso, te irá bien.
Tu esposa, como parra fecunda,
en medio de tu casa;
tus hijos como brotes de olivo,
alrededor de tu mesa.
Esta es la bendición del hombre
que teme al Señor.
Que el Señor te bendiga desde Sión,
que veas la prosperidad de Jerusalén,
todos los días de tu vida;
que veas a los hijos de tus hijos.
¡Paz a Israel!» (Sal 128,1-6).
Atravesemos entonces el umbral de esta casa
serena, con su familia sentada en torno a la mesa festiva. En el centro
encontramos la pareja del padre y de la madre con toda su historia de amor.
En ellos se realiza aquel designio primordial que Cristo mismo evoca con
intensidad: «¿No habéis leído que el Creador en el principio los creó hombre
y mujer?» (Mt 19,4). Y se retoma el mandato del Génesis: «Por eso
abandonará el hombre a su padre y a su madre, se unirá a su mujer y serán los
dos una sola carne» (2,24).
Los dos grandiosos primeros capítulos del Génesis
nos ofrecen la representación de la pareja humana en su realidad fundamental.
En ese texto inicial de la Biblia brillan algunas afirmaciones decisivas. La
primera, citada sintéticamente por Jesús, declara: «Dios creó al hombre a su
imagen, a imagen de Dios lo creó, varón y mujer los creó» (1,27). Sorprendentemente,
la «imagen de Dios» tiene como paralelo explicativo precisamente a la pareja
«hombre y mujer». ¿Significa esto que Dios mismo es sexuado o que con él hay
una compañera divina, como creían algunas religiones antiguas? Obviamente no,
porque sabemos con cuánta claridad la Biblia rechazó como idolátricas estas
creencias difundidas entre los cananeos de la Tierra Santa. Se preserva la
trascendencia de Dios, pero, puesto que es al mismo tiempo el Creador, la
fecundidad de la pareja humana es «imagen» viva y eficaz, signo visible del
acto creador.
Pero Jesús, en su reflexión sobre el matrimonio,
nos remite a otra página del Génesis, el capítulo 2, donde aparece un
admirable retrato de la pareja con detalles luminosos. Elijamos sólo dos. El
primero es la inquietud del varón que busca «una ayuda recíproca» (vv.
18.20), capaz de resolver esa soledad que le perturba y que no es aplacada
por la cercanía de los animales y de todo lo creado. La expresión original
hebrea nos remite a una relación directa, casi «frontal» —los ojos en los
ojos— en un diálogo también tácito, porque en el amor los silencios suelen
ser más elocuentes que las palabras. Es el encuentro con un rostro, con un
«tú» que refleja el amor divino y es «el comienzo de la fortuna, una ayuda
semejante a él y una columna de apoyo» (Si 36,24), como dice un
sabio bíblico. O bien, como exclamará la mujer del Cantar de los Cantares en
una estupenda profesión de amor y de donación en la reciprocidad: «Mi amado
es mío y yo suya [...] Yo soy para mi amado y mi amado es para mí» (2,16;
6,3).
De este encuentro, que sana la soledad, surgen la
generación y la familia. Este es el segundo detalle que podemos destacar:
Adán, que es también el hombre de todos los tiempos y de todas las regiones
de nuestro planeta, junto con su mujer, da origen a una nueva familia, como
repite Jesús citando el Génesis: «Se unirá a su mujer, y serán los dos una
sola carne» (Mt 19,5; cf. Gn 2,24). El verbo
«unirse» en el original hebreo indica una estrecha sintonía, una adhesión física
e interior, hasta el punto que se utiliza para describir la unión con Dios:
«Mi alma está unida a ti» (Sal 63,9), canta el orante. Se evoca
así la unión matrimonial no solamente en su dimensión sexual y corpórea sino
también en su donación voluntaria de amor. El fruto de esta unión es «ser una
sola carne», sea en el abrazo físico, sea en la unión de los corazones y de
las vidas y, quizás, en el hijo que nacerá de los dos, el cual llevará en sí,
uniéndolas no sólo genéticamente sino también espiritualmente, las dos
«carnes».
(Tomado de la Carta Apostólica del Papa
Francisco, “Amoris Laetitia”, El Amor en la Familia).
2.
EXPLICACIÓN
DIDÁCTICA: Observa y escucha detenidamente el siguiente video.
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